Pedir algo — desde guantes hasta refacciones — era una odisea: la requisición nacía en un papel o un correo, buscaba firmas de escritorio en escritorio, y a veces moría en una bandeja de entrada sin que nadie lo notara… hasta que la máquina se paraba por falta de la refacción.
Nadie tenía mala voluntad. El proceso simplemente exigía perseguir gente, y la gente tenía trabajo.
Digitalizamos el flujo completo de punta a punta sobre sus sistemas: la requisición se levanta en segundos, las autorizaciones llegan a quien corresponde con un clic, y todo queda registrado — quién pidió, quién aprobó, cuándo llegó.
Las compras urgentes dejaron de ser urgentes porque dejaron de atorarse. Y el control no se perdió: se volvió automático.
La burocracia no se combate con más juntas. Se combate con un buen flujo.